Con lo mío no

Con lo mío no
En plena burbuja financiera del 2000, prestaba su pluma para Patagon.com. Con un Milton Friedman a cuestas, El Nacional y El Universal contaron con su participación hasta que las trasnacionales clamaron por su tinta.

Entre la fidelidad al proceso y el temor a las expropiaciones.

En 10 años Rosaura Flores jamás le tuvo miedo a la revolución. Nunca sospechó que podía representar algún peligro económico para ella o sus vecinos. Ni siquiera le sonó raro que perdieran la pelea los propietarios de tierras en el estado Cojedes, o el anunció de la estatización de la compañía telefónica, seguido del de todas las empresas eléctricas, un banco y otra decena más. Tampoco se impacientó con la reciente toma del aeropuerto de Nueva Esparta, el sitio donde ella trabaja como artesana desde hace 7 años. Flores tiene sólo 30 días “desilusionada de ser chavista”.

Y no fue esa idea del Presidente de tomar la radio, los viajes de Zelaya en el avión presidencial o el anuncio de una guerra con Colombia lo que puso en jaque su militancia. La duda llegó el día que Rosaura sintió por primera vez que perdía su puesto de trabajo, la hora en que comenzó a estar en juego su dinero. Así sin más, le entró una rabia que ni siquiera surgió estos años en los que tuvo que dejar de hacer rebajas mientras envolvía las perlas en los hilos de oro 14, porque el costo de la vida ya no deja espacio para gangas.

Tampoco anticipó la señora de 59 años el valor que iban adquiriendo esos dos metros cuadrados donde montaba a diario el tablón junto a otros 28 artesanos que ocupaban un área a medio hacer del aeropuerto, de piso de cemento y sin todavía cielo raso, que estaba sí en un lugar privilegiado. Ella, que aseguró leer a Marx de jovencita, jamás pensó que sus camaradas caerían en la tentación del capital.

“Nos sacaron de allí y nos ubicaron en este hueco, porque en ese espacio van a montar una tienda Traki”, contó Rosaura. Junto a ella sólo hay 18 de los 26 puestos de artesanos de antes. “A mi casi me sacan de la lista, pero amenacé a con ir a la Asamblea Nacional a defender la ley de los artesanos que aquí no cumplen”, afirma. El señor de los sombreros y la chica de los dulces ya no están. Y Rosaura no cree que insistan en volver. “Aquí llevo 3 días sin vender nada, estoy desilusionada de este Gobierno chica”, soltó la confesión.

El ánimo de Rosaura lo único que satisface es esa convicción personal de que los venezolanos no deciden con el corazón, sino con su monedero, y que a los socialistas como a los liberales les importa la plata, en especial la suya. Es más, no puedo olvidar un texto que citó hace poco el economista Miguel Ángel Santos de la última obra de Sijie, un escritor japonés. Es una simple descripción de la escena cuando en una tienda de verduras comunista se va la luz y los funcionarios del régimen hacen mano de la caja chica con el dinero del Estado.

“¡Qué exaltación! Las máscaras habían caído, todos nos habíamos liberado de nuestra fingida obediencia y nuestra confesada culpabilidad; los buenos trabajadores socialistas habían desaparecido; en la oscuridad estábamos al desnudo, como animales sedientos, famélicos, ávidos de dinero. La pequeña verdulería se había transformado en una especie de cubil: Ya no nos veíamos, pero oíamos nuestros jadeos, nuestros resoplidos de animales. Cuando la luz volvió a encenderse… allí estaban todos, fingiendo contar las monedas que habían quedado sobre la mesa, tranquilos, impasibles, tan serios como contables auténticos”.

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