A tu salud

A tu salud
Comunicador Social egresado de la UCV y Magister en Ciencias Políticas de la London School of Economics, se ha especializado en comunicación política y en el uso y desarrollo de la Internet para el periodismo. Actualmente desempeña el cargo de Secretario General del Colegio Nacional de Periodistas en Caracas. Escribe la columna semanal Cartas a Simón ("correspondencia pública con mi hijo de 11 años y manual de política para padres") en TalCual. Dirige CodigoVenezuela.com

Envejecer sano es una bendición y un privilegio en una ciudad donde en algunos sectores el promedio de vida no pasa de 40 años

La salud de un hijo es un asunto crucial para un padre. Por ello ver que te suba la fiebre y el acetaminofen parezca burlado por tu temperatura corporal es más que una contrariedad y secuestra mi atención.  Pasar el domingo en busca de una sala de emergencia que no esté congestionada (ya sea en un hospital público o una clínica privada) y donde haya un médico que pueda prestar atención a un individuo que aunque tirite de fiebre “no está sangrando” puede ser casi un milagro en esta ciudad, así que paciencia.

Es fácil imaginar el alivio y la gratitud de miles de familias humildes al saber que un buen día podían contar con un médico familiar a la vuelta de la esquina –así fuere un cubano que sólo le recetara una píldora-, y también la ansiedad que han de sentir al constatar que luego de haber funcionado bien por un tiempo, el módulo de barrio adentro local permanece cerrado y, como ha ocurrido con cientos de ellos en los últimos años, se constituye en un monumento al desamparo.

No contar con un médico cerca, implica para millones una travesía hacia lo desconocido y, qué duda cabe, una fuente de dolor y frustración que agrava la enfermedad. Pero es un viaje que se hace sin mayor demora y haciendo de tripas corazón, porque es un lance de la vida contra la muerte y estos siempre hay que darlos a conciencia cuando se presentan. Salvo que uno sea un convencido de la lógica de Epicuro, el filósofo griego que pensaba que la muerte no es algo que debía preocuparnos: “Donde tu estás, tu muerte no está, y cuando ella está, ya tu no estás”, decía.

Mientras esperamos recostados de las paredes los resultados de un examen no dejo de pensar que a nuestros amigos y seres queridos siempre les deseamos salud. “Es el mejor regalo”, solía decirme Rafaela Baroni, artista plástica popular que en el pueblo trujillano de Isnotú hace tallas y teje con las manos flores de tres pétalos, cada uno con su significado: “El pétalo de la salud es el más importante, porque sin él no puedes disfrutar los otros dos que son los del amor y de la paz”.

Recuerdo que la sabia Rafaela tenía una relación íntima con la muerte que le permitía visitarla de vez en cuando y traernos sus mensajes. Cuando visitaba Caracas, no dejaba de inquietarle que en esta ciudad hubiese sectores donde la gente tiene un promedio de vida de 75 años y otros, en los barrios, donde el promedio roza los 40. Envejecer sano es una bendición para todos, pero también un milagro en los llamados cinturones de miseria. Es en estos momentos de inquietud cuando tomamos conciencia del privilegio de la salud, porque una de las grandes aspiraciones de la existencia, es tener una vida buena y larga.

Las visitas, aunque breves al hospital, parecen ser un paréntesis que acorta y deprecia la vida, hasta que salimos de allí con la fortuna de un buen tratamiento. Esta noche nosotros salimos sanos y salvos. Demos gracias por eso, celebremos tu salud, pero sin mucho apego y sin enorgullecernos demasiado.

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