De hoteles, atracos, asistentes y otras perlas caraqueñas
“Ese fue el primer hotel al que fui en mi vida”, recuerda Aroldo. Se llama La Palmera y queda en Los Caobos, Caracas. Se mantuvo fiel a él, como dice, por la tarifa: “treinta mil”. Nada de bolívares fuertes, estamos en 2005. Y con este trabajo, estos tiempos y este salario, es lo que hay.Había estado allí unas cuantas veces, incluso con su amante: una rubia de un metro setenta y cinco que además de ser diez años mayor que él, tiene ojos de gata, sonrisa de sirena y tetas de top model; la asistente del presidente de la empresa en la que ambos trabajan, la fantasía de los colegas. Digamos, para terminar, para parafrasear a Aroldo: la piel, la experiencia, el tembleque que empieza en la boca del estómago y termina –casi siempre– un poco más abajo, muy cerca del divorcio.
Esta noche es especial, por eso está re-excitado, Aroldo, nuestro joven protagonista de empleo decente. Debajo de sí, en ropa interior está su amante y mañana temprano, por primera vez, amanecerán abrazados. Así es: nada de levantarse en la madrugada oscura a pedir un taxi. Dormirán juntos, literalmente. Y él podrá mirar hacia el techo de espejos –de un espejito ahí más o menos– para sentirse grande. Claro, si nadie abriera la puerta a las once de la noche y los sorprendiera de pronto con las manos en la carne.
–Vamos, ponte boca abajo, mariquito.
Y la almohada en la cabeza. Una grosería. La pistola, o más bien el hueco por donde sale la bala, clavada en la nuca. Menos mal que no habían empezado, que estuvieron conversando un rato, primero, y después viendo televisión. Una porno en volumen bajo. Menos mal, coño. Otra grosería.
–Busca las joyas, pajúa.
Drogado, por supuesto. En ese hotelucho de mierda, como le respondiera la catira amante, qué joyas iban a tener: “¿No ves dónde estamos? Además, ni siquiera es quincena”. Hagamos la descripción del ladrón según Aroldo: negro, 1.95 metros, labios como dos nalgas, muy fuerte. Otra vez, drogado. Muy drogado.
–Bueno, vacía las carteras. Si hay menos de cincuenta mil van a cobrar los dos.
Aroldo piensa –pensó en ese momento– en su billetera vacía. En su mala suerte. En su esposa y el bebé que le había nacido tres meses atrás. Qué indignante, morir de esa manera: “cojío y desprestigiado”. Qué dirá la familia.
Se suponía que sería una noche mágica y ahora su amante está en bikini cuando él no puede ver nada. Él es un pobretón y el negro se la debe estar buceando. Ella dijo la verdad: este es un hotel bien feo, de especial no tiene nada. Lo tiene a él, que va a desaparecer de un plomazo si el negro se pone Popy: “porque eso sí, yo no iba a dejar que la violaran”.
Sí, no iba a dejar. Quiere decir que no pasó. “La jevita era la asistente del presidente. Tenía dos celulares corporativos de última generación. El tipo los tomó, agarro el mío y una cadena de plata, con eso se conformó”, recuerda Aroldo entre la risa y la vergüenza.
–Bájate la pantaleta –otra grosería.
–Ah coño, eso no pana, ¿qué pasó? Deja la güevonada, ya te dimos todo –dice Aroldo con la cara de medio lado y el cachete aplastado por la manota del hombre.
–No, no lo voy a hacer –contesta la chica, casi al mismo tiempo.
–Tranquilos, yo no soy violador. Lo que soy es ladrón y matón. Pero es que tú estás muy rica mami y yo lo que quiero es bucearte verte todita saborearme y después me voy. –Y lo dice así, rápido. Sin pausas. En voz baja.
Es peligroso. ¿Qué vas a hacer, Aroldo? Déjalo todo en manos de la mujer y salta después si es necesario. Total, ya te arruinaron la noche.
–Bájate la pantaleta, pues.
–Ah, vaina.
–Pana, piénsalo bien, tú sabes que si me violas y caes preso te van a matar en la cárcel.
–Anda, un poquito.
–Que no vale, ya nos robaste, déjanos tranquilos.
Quince minutos. Va y viene. La conversa, porque en eso se ha convertido el robo y Aroldo a oscuras, todavía apuntado y hace mucho rato ya, sin erección. Nueva palabrota. ¿Y ahora qué?
–Bueno, me voy. No me sigan porque va a ser peor para ustedes. Tengo a un amigo afuera que los va a matar si salen en menos de diez minutos.
Esperaron veinte y se vistieron en silencio, hasta que la catira notó una ausencia: el negro ladrón pervertido se llevó sus zapatos. La dejó descalza. A las once y media de la noche. Qué falta de todo. Qué cruel. Bajaron. Los trabajadores de la recepción dijeron que en ese hotel no robaban, pero por si acaso, se encerraron con llave en su cubículo. Además devolvieron el dinero. Los treinta mil. Y de paso, les llamaron un taxi a los amantes. Qué caritativos.
El taxista les contó que no era la primera vez que eso pasaba en el lugar. Los llevó a un telecajero. Allí sacaron el dinero para culminar la aventura. Sí, porque había que terminar lo que se había empezado, dice Aroldo: “Así es como se cumplen los sueños, y ese era mi trofeo, no se la agarraba ni el presidente de la oficina, sino yo, un chamo”. Entonces le preguntaron al conductor por un hotel bonito y seguro, pero no tan caro.
La Moncloa, cerca de PDVSA. Cualquier habitación. Final feliz. O casi. Nuestro joven protagonista Aroldo no logró pegar un ojo en toda la noche; su deseo de dormir abrazado a la catira-hermosa se cumplió a medias. Y aunque en ese momento puede que no fuera lo más importante, en adelante ha sido difícil, complicado, incluso cuando se da una escapadita con su esposa: “Imagínate, qué le voy a decir. Es un problema. Yo más nunca he podido quedarme dormido cuando visito un hotel”.


está genial, es simplemente caracas.
Posteado por armandonori a las 5:25 AM, 23 de Noviembre 2009Que experiencia, te creo, en Caracas no se hacen realidad los sueños!
Posteado por Marta Elena a las 6:55 PM, 26 de Noviembre 2009