Ramón J. Velásquez:
cultor de la memoria colectiva

Palabras de Elías Pino Iturrieta durante el homenaje rendido al historiador en el IESA

     


Por Elías Pino Iturrieta

En la Venezuela de nuestros días se ha despertado una sed por el conocimiento de la historia, que parece insaciable. La memoria trabaja quizá como nunca trabajó, buscando la soldadura del rompecabezas del presente. La historiografía se vende como pan caliente, hasta el punto de que los editores la prefieran en lugar de la narrativa. Las novelas históricas de autores venezolanos ascienden en el favor del lector pendiente de novedades sobre los hechos de los antepasados, como nunca jamás antes. Una revista como El desafío de la historia, la publicación que hoy nos convoca, adquiere ubicación de preferencia en amplias capas de destinatarios, como si se tratara de un fascículo de frivolidades y farándulas. No me atrevo a explicar cabalmente el predominio de esta orientación, porque puede obedecer a numerosas razones, pero puedo señalar una obviedad sin la cual no puede suceder el fenómeno:   la estelaridad de los oficios y de  los discípulos de Clío  encuentra origen en el  trabajo anterior de los historiadores y de los conservadores de las fuentes en las cuales se refieren los sucesos del ayer. Sin esa plataforma, sobre cuya consistencia sobran las pruebas, no existiría ese regodeo de nuestros días con los asuntos del pasado, esa insólita revolución de los recuerdos colectivos que ya forma parte de la rutina.

Esa labor anterior de investigación del pasado y de custodia de sus testimonios encuentra soporte esencial en la obra de don Ramón J. Velásquez,  a quien rendimos hoy justo homenaje. Empecé mis palabras con ese principio porque, entre las numerosas facetas dignas de encomio que podemos destacar ahora en su trayectoria de hombre público, quizá sea esa una de las más trascendentes, o aquella sobre la cual pueda yo hablar con alguna propiedad sin necesidad de exagerar, ni de mentir, especialmente cuando estoy aquí como parte del equipo de una revista de historia. Afirmo, en consecuencia, que, desde la perspectiva de la contemporaneidad de la república,  las ejecutorias de don Ramón J. Velásquez son las de mayor envergadura en el área que nos ocupa. Como coordinador de equipos de investigación, como promotor de grandes empresas editoriales, como fundador y custodio de repositorios fundamentales y como escritor de volúmenes imprescindibles, no tiene parangón en el siglo XX y en lo que llevamos de siglo XXI. Miremos un poco tales puntos, para que no imaginen que esté yo dorando la píldora con el objeto de llenar el compromiso de un discurso de ocasión.

En la parcela de la puesta en marcha y en la custodia de los testimonios gracias a los cuales podemos hoy mirar hacia el pasado de manera confiable y, también solicitarle a los protagonistas de ese pasado respuestas en la actualidad, es trascendental lo que le debemos. Los historiadores y otras criaturas del oficio saben a qué me refiero, pero probablemente no sean ejecutorias del dominio público. De allí que mencione algunas de seguidas. Especialmente la organización de un precioso repositorio para el entendimiento de la contemporaneidad, el Archivo Histórico de Miraflores, cuya oferta de materiales sobre los sucesos políticos, pero también de variada índole, ha permitido una reconstrucción confiable de  fenómenos esenciales del país a partir del comienzo del siglo XX. No sólo se ocupó don Ramón de procurar presupuestos para su sostén y organización, sino también, desde 1960, de la redacción de los epígrafes de las secciones de  150 volúmenes publicados partiendo de las fuentes guardadas en su seno. No es poca cosa, desde luego. En 1978 y hasta 1992, emprende otra tarea esencial para el rescate del patrimonio documental del país o relacionado con el país: pone en marcha y preside la Fundación para el Rescate Documental del Venezuela (FUNRES), con el propósito de entregarle a los estudiosos los informes de los diplomáticos extranjeros sobre la vida venezolana en general. El enriquecimiento de las alternativas de análisis de la evolución de la sociedad mediante la incorporación de las observaciones foráneas, permite estudios de una profundidad inusual, repletos de hallazgos insólitos y de sugerencias novedosas. Cambia el rumbo que hasta entonces llevaba la historiografía. No es poca cosa, desde luego.

Pero también le debemos ediciones monumentales de documentos, la mayoría desconocidos o de ardua localización, sin los cuales no hubiéramos salido de las versiones simples o planas del estado nacional a través de tiempo. Inicia la faena en 1963, con la estampa de una de las colecciones imprescindibles para el conocimiento histórico, de veras un hito en la apertura de nuevos horizontes y en la valoración de un tiempo hasta entonces subestimado o estudiado con descuido. Me refiero a la serie Pensamiento político venezolano del siglo XIX, compuesta por 15 preciosos volúmenes cuidadosamente apuntados por los recopiladores, en cuyas páginas se han nutrido con provecho los especialistas o los simples curiosos. Las versiones del comienzo del estado nacional, de las hegemonías personalistas, de los conflictos  civiles y de los esfuerzos civilizatorios de la sociedad que sale maltrecha de las guerras de Independencia para transitar un fatigoso derrotero de fábrica republicana, son otras luego de la aparición de esta colección imprescindible. No es poca cosa, desde luego. Pero no detiene el esfuerzo, por fortuna, hasta adelantar una titánica edición de 130 volúmenes sobre el Pensamiento Político Venezolano del siglo XX, que inicia en 1983 y concluye en 1992. Un fatigoso rastreo en las hemerotecas, una búsqueda que parece interminable en las bibliotecas públicas y privadas, el movimiento que insufla a un enjambre de jóvenes historiadores a quienes anima con su tesón y con la claridad de su talento, desembocan así en un aporte que completa un esfuerzo que jamás ningún historiador ha hecho hasta entonces, ni ha proseguido en adelante. No es poca cosa, desde luego.

Deben agregarse al portento otros repertorios de entidad: La colección de Fuentes para la Historia de la República, que coordina desde 1976 por encargo de la Academia Nacional de la Historia; la colección Venezuela peregrina, 10 tomos escritos por venezolanos aventados al exilio, que emprende a partir de 1961; y la Biblioteca de temas y autores tachirenses, iniciada también en 1961,  174 libros de historia regional publicados cuando todavía no cobraba auge en América Latina ese tipo de indagaciones ni se ponía de moda la llamada microhistoria. Es evidente cómo la obra no admite analogía. Ninguna se le aproxima, así esta haya estado a cargo del estado venezolano. Por supuesto que no es poca cosa, sino todo lo contrario.

¿Cómo pudo hacer tanto en el ámbito de la conservación y la divulgación documental de interés histórico? La respuesta se complica cuando topamos con  la bibliografía de don Ramón, compuesta por 34 títulos de autoría individual entre los cuales deben contarse algunos de imprescindible lectura, de obligada consulta. La caída del liberalismo amarillo, por ejemplo, obra de 1972 en la cual penetra las peripecias venezolanas de las postrimerías del siglo XIX con un respeto y una profundidad inusuales, para ofrecernos una lúcida reconstrucción de la política y de los hombres de entonces. El libro, después de gran éxito de lectoría,  es distinguido con justicia con el Premio Municipal de Prosa correspondiente a ese año. Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez, de 1979, por ejemplo, que de imaginarias no tienen nada debido a la meticulosa aproximación a la sensibilidad del dictador que hace partiendo de un conocimiento solvente de las fuentes y de una investigación prolija del ambiente que lo rodeó. Mientras se agotan sus ediciones, la obra recibe de la Asociación de Escritores de Venezuela el premio como Mejor Libro del Año. El proceso político venezolano del siglo XIX, por ejemplo, aporte que circula en 1960, tal vez menos conocido por el gran público pero encarecido por los colegas del oficio debido a las líneas que traza para el entendimiento de un período fundamental. La juventud de un caudillo (Cipriano Castro: 1884-1899), por ejemplo, preciosa monografía de 1967 sobre las peripecias de un hombrecito que, a su manera, comienza a hacer de Venezuela lo que llega a ser en el siglo XX. La obra histórica de Caracciolo Parra Pérez, por ejemplo, entrega de 1971 en la cual dilucida las claves para la comprensión de los trabajos de un monstruo de la historiografía venezolana. Y dejo los ejemplos porque me coge la noche hablando de una bibliografía que abre el camino para que su autor se incorpore como Numerario de la Academia Nacional de la Historia, reciba los premios Nacional de Historia y Nacional de Humanidades dispuestos por el CONAC en 1980 y 1998, respectivamente,  y se convierta en la figura primordial de la cultura venezolana que es sin rebatimiento.

En la editorial Planeta, cuando publicaron La caída del liberalismo amarillo, me pidieron que escribiera la contraportada.  Afirmé entonces: “No parece casual que los venezolanos hayan fijado los ojos en el autor, Ramón J. Velásquez, hasta el punto de designarlo Presidente de la República en un período tan descompuesto como el que estudia. La designación otorga una relevancia inusual a su obra, pero también le ofrece una esperanza a nuestro atolladero. Gracias a la solvencia del intelectual en el conocimiento de los sucesos que una vez condujeron a Venezuela hasta el borde del abismo, se puede esperar una gestión de resultados plausibles. Mejor ocasión no se había presentado de saber para qué sirve la historia”.  Las frases celebraban un justo encumbramiento, pero también las alternativas de cumplir la función que tenía el seleccionado debido a sus vínculos de intimidad con la vida de los antepasados, especialmente con los de los siglos XIX y XX.

Todos sabemos de la relevante carrera política de don Ramón J. Velásquez, en el congreso y  en ejercicios ministeriales en los cuales ha cumplido cabalmente sus tareas. Todos sabemos que ha sido y es una de las figuras fundamentales de la administración del bien común, como dirigente con autonomía de criterio, como representante del pueblo, como cabeza de la opinión pública y como Jefe del Estado. Es evidente que la razón de sus pasos se encuentra en el compromiso que adquirió con la democracia venezolana y con la obligación de dar cuerpo a un republicanismo resistido a ser de veras, pero muy especialmente, según creo, a su oficio de historiador.  Es don Ramón J. Velásquez, en nuestros días, pero también en días ajenos, el político mejor informado de los antecedentes de la sociedad, debido a que se ocupó de estudiarlos con método y sin impaciencia. En esa faceta primordial nadie se le compara en la fauna de los protagonistas de la escena política o de quienes la merodean, antaño y ogaño. Y en esa faceta primordial he querido insistir hoy, sin temor a exagerar, ni a mentir.

Cultor empecinado de la memoria colectiva y ciudadano legítimo de la República de Clío, gracias a su íntima relación con la obra de los antepasados, con el antiguo y no pocas veces torcido tránsito de los mayores, le podemos atribuir un quehacer trascendental al cual nos deberemos como analistas del pasado y como escribidores de historia, pero también, en consecuencia, como exploradores de la república que todavía no ha sido. Ni quien ya termina unas palabras nacidas de la deformación profesional, ni la sociedad toda, tenemos cómo pagarle lo que ha hecho por nosotros, querido  don Ramón, respetado presidente Velásquez. El único desafío que no ha tenido El desafío de la historia, ha sido el de promover este homenaje.


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