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Carta de Farrah Fakhri

Tecla es la ciudad en la que nada perdura, la ciudad de los andamios

     


(Fragmento de la más reciente novela de Gisela Kozak Rovero, “Todas las lunas”, publicada el año pasado por la Editorial Equinoccio.)

Tecla, 8 de julio

Queridas Verónica y Gabriela:

Soy la nostalgia, en lo que a mí respecta esta ciudad es un desierto pues solo ustedes son gente. Extraño tanto a mi bebé Omar y a toda la prole pero sé que contigo Verónica, contigo Gabriela, están en buenas manos. Ni les cuento sobre el viaje, un desastre. Aunque estoy disgustada con Hans, creo que él tiene razón: no se puede andar por el mundo así. Ay, queridas mías, estoy de un humor terrible, un humor de perro que tengo porque soy presa de la burla: pobre Farrah hazmerreír del entero mundo, perseguida por versos atroces y fieros, ventosidades que tocan a mi puerta y no me dejan dormir. Para colmo, al muy maldito de Loren, autor del poema como imaginarán, no le da la gana de volver con nosotros. A veces pienso que ese Bardo Funesto no está perdido nada, ese seguro está corriendo el trueno en cualquier lado, bebiendo buen vino y comiendo fino mientras nosotras quedamos como Eva: le dimos la manzana, él la come y la pecadora es quien suscribe. Miren la perla que me dedicó; ya la conoce medio mundo porque la gritó a voz en cuello en un recital público en esta ciudad hace un tiempo:

Farrah

Pájaro que vas volando

parado en tu rama verde

pasó cazador, matóte:

¡mas te valiera estar duerme!

Vivo con el Jesús en la boca, como dicen los cristianos: estoy que no me entero de nada ni de nada quiero enterarme pues no soporto más sinsabores ni malas nuevas, primeramente el altísimo quien por lo visto no sabe que existo. Voy a contarles las aventuras acaecidas desde que llegué a Tecla en busca de Loren, el peor de todos. Y sí, soy un pájaro que va volando en pos del cazador que acabará conmigo que no es otro que Loren. A fe mía he salido bien librada de unos cuantos líos por ser mujer de muchas y variadísimas artes. Me siento al fin a contarles mis andanzas; ustedes saben que para escribir necesito de cierto estado de ánimo, ya sea de alegría extrema ya sea de extremo desastre, que no es frecuente. Eso sí, no esperen mis muñecas bellas que les escriba al estilo de Hans o de Robin, páginas y páginas, porque ustedes saben que si por mí fuera mandaría a una doble para que les contara lo ocurrido o trataría de encerrar mi voz en un recipiente para que lo abrieran y oyeran mis cuitas. Ah, el loco de Jozef Yukio diría: “Así es en Fumancha, así es en Fumancha, y si no es, será”. Paso de largo: no quiero recordar ni por un segundo a Jozef, que educó a Loren para que nos hiciera la vida imposible.

El mismo día que llegué a Tecla empecé a averiguar sobre el destino de Loren. Busqué, en primer lugar, la dirección de Rocío y Alejandro, mis amigos de la universidad que emigraron para acá. Nada más llegar a la taberna de Alejandro –que me encontré con que el hombre está de rechupete, un maestro en eso de dar gusto a las mujeres, miren que hay que vivir también en medio de la desesperanza–, pregunté por el infeliz de Loren. ¿Y qué me dijeron? Sí, Loren pasó por aquí y dijo que una tal Farrah lo quería matar y que por complacerla se mataría él mismo. Acto seguido Alejandro y par de tremendas cantaoras, que me quitaron el aire por el arte y la buena estampa, se fajaron a cantar, palmear y a taconear; hacia la medianoche me dedicaron este primor:

la Farrah está parada

la Farrah está parada

parada en su rama verde

parada en su rama verde

La fiesta terminó porque no quedó nadie sentado después que se armó una riña en la que se peleó media Tecla entre partidarios y enemigos de esta servidora, que ni conocía a unos ni a otros pero para lo que me importó. Mi lucimiento era cosa de contarse porque había que verme partiendo sillas, tumbando mesas, nombrando madre ajena y lanzando patadas voladoras (Jozef Yukio –loco sin cura, él tiene la culpa de todo lo que pasa– me ha entrenado bien en eso de las artes marciales). En plena pelea llegó el mujerón de Rocío con unos mariachis. Eran unos violinistas, guitarristas y trompetistas que te hubieran hecho feliz, Verónica. Rocío puso hidalga paz en aquel reventón. Canté con ella una pieza que tú y yo hemos cantado varias veces:

Ya no

Ni tú

nadie

ni tú

que me lo pareciste

menos que nadie

menos que cualquier cosa de la vida

y ya son poco y nada

las cosas de la vida

de la vida que pudo ser

que fue

que ya nunca podrá volver a ser

una ráfaga

un peso

una moneda viva y valedera.

Rocío me presentó a la autora de la canción. Al bien pagado de Hans le encantaría su nombre, Idea Vilariño, de paso por Tecla. La felicité en nombre tuyo y mío, Verónica. Mujer para entender la amargura y la decepción, que es lo que yo siento cuando pienso en el abandono de Loren. No más terminé de conversar con ella, se armó una algarabía tremenda en la que sonaron músicas de todo el orbe. Grité y baile de gozo cuando “El final del círculo”, tu gran canción, Verónica, resonó en las voces de los varones del lugar. Repentinamente, la taberna se convirtió en una inmensa sala desbordante de luces, atestada de gente, impregnada de humo, ruidosa hasta hacer explotar los oídos. Bailé que era un primor, pues ni pensar en que quedé adolorida de la pelea: yo sé cuidarme. Vino va, vino viene, hombre va, hombre viene, Farrah taconeando en una gran mesa de madera. Pero mi felicidad no duró mucho: alucinada vi brillar, golpe en el ojo, la cabeza amarilla y los ojos saltones, verdes y enloquecidos de Loren, un celaje que me dejó el corazón hecho tambor batiente, miedo agudo, alegría, que las cosas del querer son así; pero no, no lo alcancé, y todo el mundo lo había visto pero nadie sabía el camino por el que había tomado. Salí y corrí por las calles, buscándolo y gritando su nombre porque el alma se me iba. Mi marido, mi amigo, mi cómplice, mi hombre, mi padre, mi hijo, todos en esa figura dorada, que de sus mil sangres distintas solo muestra la rubia. ¡Maldito sea el Bardo Funesto! Esa noche definitivamente “pasó cazador, matóte”.

Lo que mal comienza, mal sigue, mal acaba. No más me tranquilicé un poco me fui a contemplar el amanecer a orillas del río y me quedé dormida como si hubiera muerto. Rocío y Alejandro me despertaron risa y risa y me llevaron a su casa, en la que vivo desde entonces de lo más enmaridada con ambos. Que les digo esto para que tengan tranquilidad sobre mi suerte: me cuidan como si fuera de oro. Pasaron algunos días mientras intentaba entender lo que ocurría: la mirada de Loren, dos candiles en la noche de ronda, ¿un engaño?, ¿un fuego fatuo? Mi alma ardía en leña verde y de semejante estado solo pueden quedar el resentimiento y la soledad. Hallé consuelo en la rumba. En una de estas conocí a una mujer llamada Simone que me contó sobre Loren, perseguido y enfrentado por terribles enemigas, lo cual debía ser verdad pues siendo yo una de ellas y la más enconada y feroz, no era de extrañarse que no fuese la única. Me invitó a reunirme con un grupo de esas enemigas al día siguiente. Semejante invitación sonaba a disparate y a deslealtad de mi parte, mas la curiosidad mató al gato y todavía no había encontrado oficio para mí como arquitecta –la otra razón por la que estoy en Tecla–, así que no tenía nada en qué ocuparme hasta la tardecita, cuando Rocío y Alejandro abrieran la taberna.

Llegué cerca de la plaza Octogonal de Tecla, muy compuesta y con ropa cómoda: dos cuartos de metro de tela, como diría Fernanda. ¿Y para qué más? El clima de Tecla es muy agradable. Para mi sorpresa, se aproximaba una gigantesca columna de miles de mujeres que gritaban y llevaban carteles en las manos. Me sentí extasiada pues había señoras para complacer todos los gustos del orbe. Simone hizo señas para que me uniera a ellas. Me recibieron con alegría pues creyeron que las apoyaba en su causa, que la verdad no comprendía bien todavía. Cuando explicaron lo que significaba su lucha quede encantadísima, pues se trataba de protestar contra sus maridos, hijos, padres, maestros, amantes, novios, hermanos, primos, tíos, amigos, jefes y pare de contar. Jamás se me hubiera ocurrido semejante cosa. En fin, honor a quien honor merece, me presenté, les di la razón y les pregunté si eran enemigas de Loren. No más terminé de mencionarlo empezaron a llamar a las otras: “Vengan, que aquí está”, “vengan que aquí está”. Aquella marcha de amazonas se hacía, entre otras cosas, en honor de esta pobre mora víctima del poema insultante de un actorzuelo. Loren es conocido en estos lados no solo por sus actuaciones en escenarios reales, sino también por las crónicas de Robin que aquí tienen gran éxito (no se lo digan). Lloré de emoción y abracé a tantas mujeres que días después todavía me dolían los hombros.

Me montaron en una tarima y conté a grandes voces mi historia con el engendro, sin ahorrar detalle alguno sobre su torpeza que tanto amargó las dulzuras de mi infancia con pisotones, golpes, juguetes rotos y sustos de morirse. Hablé de la manera en que me ha avergonzado frente a los recién llegados a Estefanía, pues, como ustedes saben, Loren siempre se ha sentido en la obligación de tratar como idiotas a los recién llegados a la ciudad y se empeñaba en indicarle a la gente desde el modo de sembrar papas, pintar paredes, comprar viandas y tocar tambores, hasta el modo de escribir poemas –sobre todo él–, limpiar las aguas, pintar cuadros, bañarse en el mar, montar obras de teatro y soplarse los mocos. Delante de judíos y musulmanes, que todavía quedan algunos practicantes, hablaba permanentemente de morcillas, chorizos, fritangas, chuletas, perniles, jamones serranos y asaduras, de las ventajas de ser del mundo entero, de esto y de lo otro, de los poetas de acá y de allá. Rememoré aquellos días en una isla desierta a la que llegamos por accidente, porque Loren de navegación no sabe nada. Conté que en la isla me enloqueció para que tuviéramos un hijo y luego, bien gracias, que la servidora arree con todo.

Comenté mi decisión sensata de mudarme con ustedes a Estefanía, pues quería mejor vida para mí y para mi hijo. Por fin, llegué a la angustia que nos embarga: Loren desapareció y nadie sabe de él. Unas mujeres reían a carcajadas, otras lloraban, otras oían en silencio, otras cuchicheaban, otras se quedaron dormidas. Eso sí, todas se declararon enemigas juradas de Loren. ¿Por qué? Por solidaridad, porque les declamó poemas, porque las engañó haciéndose pasar por alguien que no era, porque les juró amor eterno y bien gracias. Al terminar de hablar bajé de la tarima. En cierto modo me tranquilizó que Loren no estuviese en peligro de muerte, pues aquellas enemigas no llegarían más allá de una buena paliza, por cierto muy merecida. Logré eso sí unas cuantas pistas luego de interrogar a algunas que no le tenían tanta antipatía como otras: Loren estaba escondido de todos y de sí mismo pues parece que cayó en cuenta de que es, efectivamente, un engendro. Se comentaba que dedicaba sus días a escribir una novela en verso. ¡Semejante adefesio derrumbará el mundo conocido! Sentí entonces un gran cansancio, ¡Loren al diablo! Me quedan todos ustedes, que haga lo que quiera siempre y cuando no me moleste.

Estaré un tiempo más por esto lados pues quiero trabajar en mi oficio. La vida aquí es durísima, pero como todo cambia día a día de extraña manera, Tecla es un sitio ideal para una arquitecta de lo imposible como yo. Fíjense que una noche comí y bebí de más y al despertarme caí en cuenta de que me había orinado en la cama y, desgracia plena, un dolor de estómago cruento y acuciante casi logró que me ensuciase encima. Vomité, me caí al suelo y, para colmo, me había venido mi puntual menstruación más roja y abundante que nunca. Y todo esto sin mi Gabriela –eres lo más bello que ha parido la tierra–, para que me curase y me consolase de tanto mal y peligro, que los médicos de estas tierras solo saben de cirugía, píldoras intragables y jarabes sabor a muerto. Por fortuna, Rocío y Alejandro cuidaron de mí. Pasé semanas en cama con resfrío, delirios, males del estómago, del vientre, del alma, de la cabeza. Un día en el que la fiebre amenazaba con volverme loca, me asomé por la ventana del cuartito: quise morir. Era como si alguna de mis maquetas –cristal, hierro, mosaicos, agujas, edificios espigados– hubiese crecido monstruosamente transformando, deglutiendo, escupiendo, expulsando lo que encontraba a su paso; espantada me fui a acostar. Al despertar, me acerqué sudando frío a la ventana y entonces me encontré con la Torre del Oro de Tecla, feliz y erguida como si nada. Provocaba lanzarse al río cercano del susto, si no fuese porque ese día se había convertido en una gigantesca cinta marrón que apestaba a mil kilómetros de distancia: morir tragando caca no es buen destino para esta servidora así haya sido olvidada por los dioses y por la vida. Definitivamente, Tecla es la ciudad en la que nada perdura. Cuando les conté a Rocío y Alejandro mi visión, se rieron a carcajadas y me dijeron que en Tecla a veces disfrazan los edificios con enormes telas para cambiarlos por completo, hacerlos pedazos o, muy rara vez, restaurarlos. Esas telas de lejos y con la luz del amanecer pueden simular nuevas construcciones. De todos modos, me advirtieron que nada en Tecla debía extrañarme, porque no en balde es conocida como la ciudad de los andamios.

Sin ustedes nada existe. Saludos a Fernanda si la ven, aunque estoy disgustada con ella porque me exigió que no le escribiera acerca de mis diversiones y mis desventuras en esta ciudad porque ella es una mujer seria. Besos a los niños.

En cuanto a los machos, si los he visto no me acuerdo: no quiero nada con Robin, Hans, Jozef y Loren.

Farrah

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