Caminos del páramo | Por Julieta Salas Carbonell @Lahechicera

Entre derrumbes y bateas, rumbo a Mérida

     


JULIETA SALAS CARBONELL. Para los que vivimos en Caracas, apretados en ese estrecho valle, llegar a Acarigua es sentir que  las ligaduras del espíritu se sueltan ante la inmensidad del llano. Acarigua, como debe ser, villa con aires de metrópoli, alternancia de sushi y carne en vara. 

Anton Goering (1836-1905). Camino en los Andes de Mérida, Venezuela

–Hasta Barinitas van a poder rendir, de ahí pa´lante la cosa cambia, contestó el bombero cuando echamos gasolina antes de buscar la autopista. Una buena noche nos habían preparado para enfrentar el camino, elusivo debido a la absoluta falta de señalización. Después de mucho preguntar dimos con el desvío que nos llevó a la autopista, que mal que bien permitía correr casi como Dios manda. Aparición, Ospino, Guanare, quedaron reducidos a desvaídos nombres en vallas a la orilla del camino, perforadas por disparos de gatillos alegres. –Mientras no le disparen a la gente, comentó mi marido, –que se distraigan disparando a las vallas. Ventas de cochino frito, carne asada, y mucho queso, nos invitaban a detenernos. Dejamos atrás Portuguesa y entramos en Barinas, un fuerte contraste. Suciedad y basura; paraderos cerrados, abandono y desolación. El asfalto de la autopista resquebrajado obligó a disminuir la loca carrera que llevábamos.

Nací en Caracas, pero no me siento caraqueña. El gran pintor Luis Alfredo López Méndez decía que para ser caraqueño tus abuelos debían haber nacido en la capital, y como los míos son todos merideños, yo soy merideña de corazón. Al pasar Barinitas y ver las montañas, empiezo a sentir un exacerbado “amor patrio” que me hace suspirar y me somete a las suaves burlas de mi marido. No lo puedo evitar, adoro mi Mérida, aunque para llegar a ella tenga que sufrir los rigores de las horrorosas carreteras, viajar por vía aérea no nos atrevemos… Cuatro caminos para llegar a Mérida capital: el de Valera por el páramo de El Águila, el menos abrupto por la Panamericana y El Vigía; si vienes del Táchira, el del páramo del Zumbador y si de Barinas, el más corto de todos y favorito de los turistas, el escarpado camino que atraviesa el páramo de Santo Domingo. Tengo entendido que todos, sin excepción, están en malísimas condiciones, aunque el tramo de Barinitas a los límites con el estado Mérida, se puede llevar la “palma de oro”.  Recordando las palabras del bombero en Acarigua, tomamos café y seguimos el viaje.

A los pocos kilómetros encontramos la primera “batea”. Para aquellos “centrales” que no han enfrentado ese accidente en el camino, una batea es un paso de torrentera que se atraviesa en la vía, algo así como un policía acostado pero al revés, que te obliga a disminuir la marcha. Esta batea y otras más estaban llenas de piedras y arena, con el pavimento destrozado. Muchas veces la  carretera lo perdía completamente lo que me hacía recordar las de tierra de mi infancia. Hacía varios días que no llovía en las montañas, por las bateas casi no corría agua. Las torrenteras las encontré muy disminuidas.

A cada rato fallas de borde que por lo menos avisaban con grandes cartelones. Por largos trechos el paso quedaba reducido a una rayita de carretera suspendida por hilos invisibles del talud, por la que circulaban en interminable cola, alternándose, carros particulares, autobuses y hasta camiones anchi-largos. Eso sí, al principio de la cola una agraciada muchacha de bluyín y chaleco anaranjado fosforescente, provista de una banderita roja, que agitaba constantemente, daba paso o lo impedía, según le ordenaban.

Multitud de derrumbes. Colas interminables mientras esperábamos que los tractores retiraran el tierrero y las rocas. A Dios gracias mantienen cuadrillas de obreros y tractores en lugares clave para mantener la vía despejada, labor de Sísifo. Acostumbrados como estamos que en Caracas en cualquier cola aparezcan enjambres de buhoneros, notamos su ausencia, así como también notamos la cantidad de paraderos cerrados que antes ofrecían cafecito y pastelitos. Lo único que conseguimos para comprar en este largo trecho fueron matas de orquídeas, –cuya recolección y venta en alguna época eran penadas por la ley– y café molido a 50 Bs el kg. No aguanté la tentación y le compré dos kilos a una pobre campesina, que lo ofrecía frente a su casita, un ranchito destartalado que lucía un gran afiche de Chávez. La muchacha y todos los que en ese momento se acercaron a la camioneta llevaban puestas franelas rojas con la cara de Chávez y el slogan, “Chávez, corazón de patria”. Yo era de las que pensaba que las presidenciales las habíamos perdido por fraude, en este viaje me convencí que no tuvieron que hacer trampa, parece que muchos de mis compatriotas se tomaron en serio aquello de que “con hambre o sin hambre con Chávez me resteo”.

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MÉRIDA 120 KM pero ante ese anuncio no nos emocionamos pensando que ya estábamos llegando, son los ciento veinte kilómetros más largos del planeta; pero a partir de “la raya” que separa a Barinas de Mérida, la carreta está en mejores condiciones. Ya habían pasado tres horas en un tira y encoge, estábamos cansados y nos detuvimos a tomar un delicioso “calentaito” — bebida caliente a base de aguardiente, anís, canela y hierbas del páramo- en el primer paradero que encontramos, el Mirador del Velo de la Virgen, preciosa cascada, una de tantas. Si se puede decir raudos, continuamos el viaje. La carretera se animó, los pueblitos de pesebre de navidad se sucedían unos tras otros, los campos sembrados, se veía prosperidad. Santo Domingo, bullicioso y bullanguero nos vio pasar. La parada obligada en la laguna de Mucubají a almorzar sopa de alverjas, arepas de harina de trigo y trucha al ajillo, luego el suave descenso hacia Apartaderos. Muchos derrumbes hasta Mérida, a donde llegamos entrada la tarde después de nueve horas de camino. PERO, no me arrepiento, pienso volver.

Anton Goering. Mérida 1870.

PARA RECORDAR

SALAS DE CARBONELL, Julieta. 2009. Caminos y fogones de una familia merideña. Fundación Empresas Polar. Caracas.

 

@CodigoVenezuela


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