Pero en Venezuela cuesta burda
“El rock te lo quita todo y no te da nada a cambio”, me dijo apenas entrando yo a la radio, detrás de sus eternos lentes oscuros, aquel locutor. Era una mezcla de Jeff Bridges con Ronnie James Dio que bien sabía de lo que estaba hablando. Era un mediodía de lunes, si mal no recuerdo, y en la cabina sonaba cualquier porquería de esas que suelen entrar en programación regular.
Cuando la situación es turbia y la autoridad ambigua
Ese viernes, Uruguay había llegado a las semifinales. Una cuadra de Chacao que está marcada de nombres europeos orientales de una esquina a la otra se había convertido en un pequeño albergue charrúa esa noche. El silencio del Hogar Croata, cerrado ya a las diez de la noche, contrastaba abiertamente con el pequeño escándalo orquestado por las cervezas, el dominó y una discreta pero feliz hinchada uruguaya que contaba con apenas un uruguayo de nacimiento –el padre de una amiga, a quien apodé “Forlán” de inmediato: es un crack del dominó-
La llamada guerrilla nació como medio miope.
Una de las cosas que siempre me ha sorprendido de la teología es la manera en la que, a partir de una creencia fundamental, que se asume de entrada como punto de partida –y que es, en ese sentido, una petición de principio que no se discute– se levanta toda una ciencia. Si esta creencia está bien fundada o no, eso ya es otra cosa.
De cómo Lady Gaga le sacó ventaja al Comandante.
Recuerdo aún los momentos en los que Chávez se retrataba junto a Paul Gillman. Los peldaños de la escalera que ha llevado al Comandante al tope de la popularidad internacional –digan lo que digan las encuestadoras de turno– han sido, cada vez, tanto más cercanos al mundo de la farándula que al de la política
Sobre el arte de repartir las culpas en una Venezuela racionada –que no racional, al parecer–.
1:07 de la mañana. Hoy no ha tocado racionamiento de luz en mi casa. Campaneo un whisky –de los que han sobrado de mi boda– y me ilumino sólo con la luz de la pantalla de la laptop sobre la mesa del comedor, quizá para irme acostumbrando a las dosis de electricidad que me serán garantizadas –en el mejor de los casos–, quizá por no estorbar la paz que, a pesar de todo, se respira en casa no sólo de madrugada, a Dios gracias.
Del buen salvaje al buen negociante: he allí, quizá, la historia de la conquista del continente
Pasé el llamado día de la resistencia indígena leyendo, nuevamente, la Primer Nueva Corónica y Buen Gobierno del Inca Felipe Huamán Poma de Ayala. Me sorprende, revisando la biografía del cronista aborigen, el aplauso con el que, en un primer momento –hasta el 1606– regala al gobierno europeo.
Al exhibir las fotos de un Julio Rivas adolescente y semidesnudo, Mario Silva mostró las costuras morales de la revolución.
Anoche, cuando –infortunadamente– volví a asomarme a La Hojilla, y vi a Mario exhibir –a modo de trofeo de caza, con ese guiño que va del morbo a la crueldad– las fotos de un Julio Rivas más joven, adolescente y semidesnudo, recordé algo que me sorprendió hace no demasiado tiempo, estando en Ámsterdam.
Fragmentos del célebre texto capital de la Escuela de Keinesburg, recientemente encontrado en una biblioteca perdida en Nirgua
Un episodio poco conocido de la producción intelectual de la Escuela de Keinesburg corresponde al tiempo en el que Ornamento y Don Nadie se vieron obligados a exiliarse en Nirgua. Desde allí, los autores esbozaron los apuntes recopilados en lo que conocemos como “el Cuaderno verde” (o, apócrifamente, “La hallaca crítica: guisos para la masa”)
Apuntes cuasi-imaginarios sobre un fin de semana de misses, medios y marchas.
A ratos, los estudiosos no se ponen de acuerdo a la hora de sumar un texto apócrifo más a los archivos de la escuela de Keinesburg. Distintas mentes han procurado emular los esfuerzos analíticos de Ornamento y Don Nadie, a ratos sin demasiado éxito. Sin embargo, las siguientes líneas –por su tono neocostumbrista, deconstructivista y antecrítico, típicamente keinesburgués–, pueden sumarse sin temor al amplio corpus teórico de nuestros autores. He aquí los fragmentos en cuestión.
A propósito de la imaginaria Escuela de Keinesburg y la pasta de coca
En su siempre renovado afán escriturístico experimental, los fundadores de la célebre y, por ende, perseguida Escuela de Keinesburg, Ornamento y Don Nadie, decidieron emular los famosos protocolos del haschish de Walter Benjamin e hicieron de conejillos de indias, probando pasta de coca.