De cómo Disney, Tim Burton y Johnny Depp no mostraron una obra de arte
Me considero seguidor de las películas de Tim Burton, y definitivamente, esta no es la mejor del director hasta la fecha. Es una de las cintas más esperadas del año, y quizás por eso pierde fuerza una vez que es vista. Está sobrestimada.
Sobre la “tradición” de ir a la playa en cuanta fiesta marque el calendario
A ver. Viendo videos de los Carnavales de Panamá, de Río, de Venezia, pude darme cuenta de lo bueno y satisfactorio que es tener una tradición, y esperar con ansias todo el año a que ese día llegue y disfrutarlo al máximo. La gente se prepara, arma sus disfraces, la alcaldía monta la escenografía, organiza un espectáculo. Es una distracción que se le regala a la sociedad.
De cómo se pertenece a una “minoría” que no se sabe a ciencia cierta si lo es o no.
Un 2 de febrero hace once años condenamos a este país. Recuerdo estar casa de una tía esperando en familia –tal cual reunión de cumpleaños- los resultados de las elecciones que le darían un giro negativo a esta nación. El héroe del momento, el Robin Hood moderno, había ganado, y prácticamente Venezuela entera estaba de fiesta.
Caracas, entre la paranoia y la disociación
Las ciudades inspiran, dice la gente. Siempre hemos escuchado que París produce amor, Florencia nos regala arte, Buenos Aires para los despechados, Londres ligado a sus tradiciones, y Berlín, poder. Pero la pregunta que se hacen muchos –o por lo menos yo-, es ¿qué nos ofrece Caracas? Pareciera ser, y disculpen los ofendidos, que cambiamos inspiración y arte por política, estrés, depresión y conspiración. ¿O será que eso es lo que nos transmite?
En una Venezuela polarizada, la pregunta acerca de los ámbitos específicos del ejercicio político es necesaria
Ese cuento de que la música y la política no van de la mano, es una de las frases que más he escuchado en los últimos días en Caracas. Definitivamente Calle 13, con su visita al país, ha dado más de qué hablar que cualquier otro artista que haya pisado suelo venezolano.
Cambiar el país no es un asunto de Chávez o no Chávez. Es un problema, en más de una medida, idiosincrático.
Cualquier venezolano oposicionista a este régimen –dícese de la llamada “mayoría” en estos tiempos-, asegura que ha hecho lo imposible para salir de este gobierno. Y es que en este país, ese término de “imposible” implica haber asistido a todas las marchas que los supuestos líderes políticos o estudiantiles –cabe la redundancia-, nos han convocado, tal cual borregos sin objetivo.